lunes, octubre 03, 2005

Primera Entrega

El hombre sacó su mano de la cabeza y deslizó la tapa nuevamente en su lugar.

Listo – dijo el hombre - su conciencia está limpia. Puede ir a su casa tranquilamente sin preocuparse de que lo agobien los malos pensamientos.

Haln se levantó lentamente del sillón del psicoterapeuta y sacudió lentamente su cabeza, revisando que la placa haya cerrado bien. No es agradable que eso no ocurra. Tomó su chaqueta y salió de la oficina. Tomó el elevador, como lo hacía cada semana para su limpieza semanal.

Se sentía feliz y tranquilo, como siempre luego de su limpieza. Nada lo perturbaba ahora. Sólo sentía esa sensación de vacío reconfortante que acompañaba al tratamiento. Todos lo hacían ahora. Por ley todo ciudadano debía hacerlo como mínimo cada dos semanas. De lo contrario las personas se volvían irracionales e incontrolables. Desde que se estableció la ley los asesinatos se redujeron a cero, al igual que los robos y accidentes. La policía existente sólo se encargaba de asuntos menores, gente extraviada, control de ingresos y salidas, cosas menores.

El taxi salio de la autopista a una calle más pequeña y lenta, pero no menos saturada. La gente caminaba por la calle frente a los anuncios luminosos que transformaban la noche en día, o bueno, lo que se conocía como noche bajo la cúpula. Todos caminaban decididos a su destino en un aparente caos que funcionaba perfectamente. El taxi se detuvo frente a su puerta en el séptimo piso. La puerta se abrió bruscamente. Haln introdujo las fichas en el taxi y bajo pausadamente de él. La puerta de cristal de su casa se cerró tras sus pasos, mientras el taxi se retiraba a atender a otro cliente.